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La evolución humana no ha parado: es más, hay razones para pensar que está más acelerada que nunca

La humanidad está evolucionando ahora mismo. Ni los análisis masivos de genomas ni la propia teoría evolutiva nos permiten sostener lo contrario. Aunque resulte poco intuitivo, hay fuertes indicios de que nuestra evolución se encuentra en una fase acelerada.

Pero puede que el sentido común, un "cuñado" poco fiable en asuntos de ciencia, nos sugiera algo como esto: "Casi todo el mundo sobrevive hoy en día. Los fuertes, los débiles, los listos, los tontos, los feos y los guapos, los sanos y los enfermos… todos sobreviven ahora gracias a los avances de la medicina, y al progreso social. La selección natural ya no funciona en nuestra especie. ¿Cómo vamos entonces a seguir evolucionando?"

Es complicado que no exista evolución

En realidad, dejar de evolucionar es sumamente difícil. Estrictamente hablando, la evolución es un cambio en las frecuencias de los genes a lo largo del tiempo. Si los genes que, por ejemplo, dan lugar a ojos marrones son el 80% y al cabo de un tiempo son el 83% o el 78%, ya se estaría produciendo evolución. Para que la evolución se detenga del todo, las poblaciones tienen que ser infinitas en tamaño, estar aisladas unas de otras, emparejarnos completamente al azar, reproducirnos todos exactamente con el mismo éxito, impedir las mutaciones… en definitiva, cumplir requisitos imposibles.

La selección natural no es la única fuerza evolutiva, pero se la considera el motor principal y, muy frecuentemente, un motor atascado como consecuencia de nuestra sabiduría. Grandes comunicadores han sostenido que nuestra evolución biológica ya no marcha, que la evolución cultural ha tomado el relevo. Sir David Attenborough, por ejemplo, sostuvo que detuvimos a la selección natural en cuanto conseguimos salvar al 95-99% de los bebés que nacen.

¿Es un 'cuento' la teoría de la evolución? En Xataka ¿Es un 'cuento' la teoría de la evolución? La selección natural sigue siendo un motor clave en la evolución humana

Es cierto que muy pocos niños mueren ya en nuestra privilegiada época, especialmente en los países más desarrollados, pero no todos esos niños se convierten en padres, y no todos los padres tienen el mismo número de niños. A pesar de que la asociamos popularmente con la muerte, a la selección natural no le "importan" tanto las diferencias en supervivencia como las diferencias en éxito reproductivo.

En Dinamarca, durante las últimas décadas, los hombres altos han estado teniendo más hijos por término medio que los bajos. Aunque la estatura depende mucho de las condiciones ambientales, la selección natural, a través del atractivo físico (selección sexual) o de otras ventajas desconocidas, puede explicar en parte por qué los daneses son actualmente la población más alta del mundo.

Sin embargo, en los Estados Unidos, la selección natural puede estar favoreciendo una estatura ligeramente más baja. Según un estudio de 2010, las diferencias reproductivas estarían dando como resultado modestos cambios evolutivos. La siguiente generación de mujeres tendrá, según sus cálculos, menor presión sanguínea, menores niveles de colesterol y una llegada más tardía de la menopausia.

La selección no se detiene ni siquiera donde la fertilidad está por los suelos y las técnicas de control de la natalidad son accesibles para tanta gente. Las personas acaban teniendo muy diferente número de hijos ya sea por cuestiones de salud y vigor, de propensión o interés, o de capacidad para atraer parejas. En China, por ejemplo, hay casi 30 millones de hombres solteros con serias dificultades para encontrar esposa. Si hay genes influyendo en estas diferencias, aunque sea parcialmente, ya tenemos a la selección natural funcionando.

¿Por qué sabemos que seguimos evolucionando?

Esquimales

Los partidarios de la evolución detenida discrepaban en la causa y también en la fecha. Para el prolífico ensayista, divulgador y paleontólogo Stephen Jay Gould, el Homo sapiens había evolucionado durante el periodo en que nos diferenciamos como especie, y después se había quedado en "estasis evolutiva", es decir, sin apenas cambios relevantes. Según Gould, esto le ocurría a la mayoría de las especies y, por tanto, los humanos estábamos evolutivamente detenidos no tanto por nuestra cultura o inteligencia sino por estar cortados por el mismo patrón que cualquier otro ser vivo.

Discutiendo a Jay Gould: Lo que sabemos de los neanderthales apunta a una evolución del ser humano diferente En Xataka Discutiendo a Jay Gould: Lo que sabemos de los neanderthales apunta a una evolución del ser humano diferente

Sin embargo, resultaba muy evidente que en nuestra especie se habían producido cambios evolutivos bastante después de que surgiéramos a partir de un homínido previo. Las diferencias físicas entre poblaciones geográficas (color de piel, tipo de pelo, tamaño del cuerpo, diversos rasgos del esqueleto…) siempre nos han resultado muy llamativas. Uno puede quitarles importancia llamándolas variaciones locales o pequeñas adaptaciones, pero lo cierto es que se trata, estrictamente hablando, de evolución pura y dura.

Ni el descubrimiento del fuego, ni la construcción de refugios, ni las armas de caza, ni la ropa, consiguieron paralizar la selección natural, que siguió modelando nuestros cuerpos a medida que los sapiens se extendían por el planeta. La piel clara evolucionó de forma independiente en Europa y Asia, probablemente porque la piel oscura original dificultaba la síntesis de vitamina D en las zonas menos soleadas de la Tierra. Las investigaciones indican que el "blanqueamiento" de la población europea ocurrió hace escasos miles de años. La piel negra se conservó o se oscureció aún más en las regiones ecuatoriales, protegiendo el ácido fólico del exceso de rayos ultravioleta.

En los Andes, Etiopía y el Tíbet, las poblaciones se han adaptado evolutivamente a las alturas. En tan solo tres mil años, la selección natural consiguió dotar a los tibetanos de impresionantes adaptaciones fisiológicas que les permiten soportar sin molestias una altitud de cuatro mil metros y vivir con normalidad allí donde cualquier otro humano puede caer fulminado por el "mal de montaña".

Diversos pueblos en África, Asia y América se adaptaron a la vida en las selvas tropicales dando lugar por separado al "tipo pigmeo": humanos de muy pequeño tamaño, por causas genéticas. En el ártico, el cuerpo robusto de extremidades cortas, y la producción de grasa parda son adaptaciones que protegen a los esquimales del frío intenso. En las regiones cálidas y áridas, la selección natural ha producido cuerpos humanos finos y esbeltos con mayor capacidad de refrigeración. Genes de protección a enfermedades como la malaria se extendieron por toda el África subsahariana. Existen pueblos con adaptaciones genéticas al buceo o contra los efectos del venenoso arsénico.

Nuestra capacidad para protegernos de las agresiones naturales mediante la cultura y los inventos no desactivó nunca a la selección natural

Está muy claro que nuestra capacidad para protegernos de las agresiones naturales mediante la cultura y los inventos no desactivó nunca a la selección natural. Los que afirman que ya no evolucionamos a veces se excusan diciendo que todos estos ejemplos son poco espectaculares. Además, tienen otros argumentos.

El psicólogo evolucionista Satoshi Kanazawa sostuvo que nuestro medio ambiente es tan cambiante, tan poco estable desde que inventamos la agricultura, que la selección natural ya no puede favorecer ningún rasgo de forma consistente. Entre los psicólogos evolucionistas abunda la creencia de que tenemos una "mente de la Edad de Piedra" forjada durante las decenas de miles de años en los que fuimos cazadores-recolectores, una mente a menudo mal adaptada al estilo de vida moderno. Los promotores de la "dieta paleo" o el "estilo de vida paleo" venden ideas similares pero referidas a nuestra fisiología: tendríamos un "cuerpo de la Edad de Piedra" muy desajustado a nuestros hábitos actuales de nutrición y actividad física.

Sin embargo, también hemos sufrido evolución reciente en lo que respecta a la forma de alimentarnos. El ejemplo más potente es nuestra (mayoritaria) capacidad para digerir los lácteos en Europa, Oriente Medio y ciertas regiones de África con tradición ganadera. Los humanos, como otros mamíferos, se hacen "intolerantes a la lactosa" al poco tiempo de ser destetados. La selección natural, con una fortísima intensidad como pocas veces se ha detectado, propagó mutaciones que nos permitían aprovechar durante toda la vida la leche de vacas, ovejas y cabras sin sufrir molestias. Quedan pocas dudas de que los extraordinarios nutrientes de los lácteos dieron más vigor y más niños (un 10% más) a los portadores de esos genes. Incluso hoy en día puede comprobarse que los intolerantes a la lactosa sufren algunas desventajas de salud en regiones donde es habitual el consumo de leche, como en el Reino Unido.

Evolucionamos más rápido porque somos muchos más

Gente

El biólogo y divulgador Steve Jones escribió que las grandes poblaciones humanas actuales se mezclan demasiado y que eso diluye cualquier cambio evolutivo. En realidad, estrictamente, la mezcla en sí misma ya es evolución. Jones no era el único que piensa que la evolución trabaja mucho mejor en poblaciones pequeñas pequeñas bastante aisladas. La deriva genética es un mecanismo evolutivo que produce diferencias al azar entre poblaciones y es mucho más intensa cuando hay pocos individuos y cuando no hay apenas migraciones. La selección natural, por el contrario, puede dar lo máximo de sí en poblaciones grandes y, sobre todo, genéticamente diversas.

La idea dominante de que la evolución humana estaba detenida o, al menos, muy ralentizada, entró en crisis cuando se publicó La Explosión de 10.000 años: cómo la civilización aceleró la evolución humana. Era el año 2009 y este polémico libro de los antropólogos Gregory Cochran y Henry Harpending, sugería, por primera vez, justo la hipótesis contraria: el descubrimiento de la agricultura y la gran revolución neolítica que convirtió a los nómadas en granjeros y labradores, aldeanos y urbanitas, multiplicaron por la velocidad de la evolución humana por cien.

Nunca nuestra especie había evolucionado tan rápido como en los últimos diez milenios y seguimos, según estos autores, en esa fase acelerada. Las responsables fueron las nuevas presiones selectivas, debidas a los incontables cambios producidos en nuestro modo de vida. La humanidad comenzó a alimentarse de otras formas, a trabajar como nunca antes, a relacionarse con mucha más personas y en sociedades más complejas. Surgieron nuevos problemas nutricionales, nuevas enfermedades, nuevas oportunidades, nuevas formas de resultar interesante para el sexo opuesto. En teoría, muchos genes que antiguamente no eran ventajosos pasaron a serlo, y viceversa.

Simplemente porque nace mucha más gente, el azar puede producir lo que antes resultaba sumamente improbable

Pero otro importante factor contribuyó a la aceleración evolutiva: el aumento de la población. Como explica John Hawks, hubo un incremento masivo durante la transición agrícola en el neolítico, y otro más reciente tras la revolución industrial y la globalización del desarrollo tecnológico.

La selección natural trabaja con variabilidad genética, es decir, con diferentes alternativas de genes que producen diferentes efectos. Sin variabilidad genética, la selección se detiene. Cuando la población aumenta, la variabilidad se conserva mucho mejor y surgen muchas más mutaciones raras potencialmente beneficiosas. Simplemente porque nace mucha más gente, el azar puede producir lo que antes resultaba sumamente improbable. Todos aquellos bebés supervivientes que según David Attenborough habían paralizado a la evolución, quizá la estén activando aún más.

Los científicos pueden hoy en día someter nuestra información genómica a diferentes tests y detectar aquellos genes que han cambiado recientemente por selección natural. Lo que han encontrado es que son muchos, y que su función es muy variada: en los últimos milenios se han estado seleccionando genes relacionados con el riesgo de sufrir enfermedades mentales, genes del sistema inmunitario, genes asociados al olfato, al metabolismo, a la producción de espermatozoides, a la pigmentación, a la forma de los huesos, a la función cerebral… En la mayoría de los casos, las ventajas concretas o las funciones precisas de esos genes aún se desconocen.

Resulta imposible hacer predicciones sobre el futuro de la humanidad. Hoy sabemos que el vehículo de nuestra evolución siempre ha estado moviéndose y que la cultura y la tecnología, así como la existencia de muchas personas vivas genéticamente diversas, pueden funcionar como aceleradores más que como frenos. Como dijo Carl Sagan, sosteniendo una postura minoritaria en su tiempo: "No hay razón para pensar que el proceso evolutivo se ha detenido. El hombre es un animal de transición".


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Galicia prohibirá fumar “si no se puede garantizar la distancia de seguridad” para luchar el COVID-19: esto es lo que sabemos

El presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, ha anunciado la prohibición de fumar cuando se circule por la calle y otros espacios públicos si no se puede garantizar la distancia de seguridad. ¿El motivo? "Varios miembros del comité clínico coincidían en que fumar sin ninguna limitación en terrazas o zonas de gran afluencia de ciudadanos es un riesgo alto", ha explicado Feijóo en rueda de prensa. Aún no tenemos el texto de la normativa porque, como era previsible, tiene muchas derivadas legales y "se está redactando para dar seguridad jurídica". No obstante, si todo va como espera la Xunta, entrará en vigor a partir del jueves en las cuatro provincias gallegas. La idea sigue las recomendaciones del documento que elaboró en julio la Comisión de Salud Pública del Sistema Nacional de Salud que ya advertía que fumar y vapear podía aumentar el riesgo de contagio. Esto es lo que sabemos hasta ahora. ¿Fumar aumenta el riesgo de contraer el virus? ÚLTIMA HORA | Feijóo anuncia ademais que se prohibirá fumar nas rúas de toda Galicia a partir de mañá para evitar a propagación do virus https://t.co/9MwLMOCEfB pic.twitter.com/uuSoSwxUf4— G24 (@G24Noticias) August 12, 2020 Efectivamente, el 2 de julio la Comisión de Salud Pública recopilaba la opinión de la la Organización Mundial de la Salud y varias sociedades científicas y médicas sobre el asunto. Además de resaltar que el tabaquismo es un factor de riesgo en la evolución de la enfermedad, encontraron que hay otros riesgos relacionados con el contagio del virus. En Magnet ¿No afecta a fumadores? La desinformación en torno a la protección del tabaco frente al coronavirus Según indicaban, el acto de fumar y vapear suele tener aparejado "la manipulación de la mascarilla de protección y el contacto repetitivo de los dedos con la boca tras tocar productos (cigarrillos convencionales o electrónicos) o utensilios (pipas de agua)". De la misma forma, aunque no se han encontrado evidencias de que los fumadores exhalen más cantidad de virus que los no fumadores, el hecho de fumar aparece vinculado a prácticas que conllevan la "expulsión de gotitas respiratorias que pueden contener carga viral y ser altamente contagiosas". A todo eso hay que sumar la "relajación de la distancia social de seguridad" del "fumar social". Es decir, las autoridades encontraban en el tabaco una actividad asociada a conductas de riesgo. Sin embargo, las recomendaciones de la comisión eran "evitar su consumo en ambientes comunitarios y sociales" y "realizarse en espacios separados abiertos, extremando las medidas de higiene personal" (con lavado de manos previo y posterior a la manipulación de los productos y los utensilios empleados. Además, prohibía el uso de pipas de agua durante las fases I, II y III del desconfinamiento. La Xunta, en este caso, iría más lejos. Creando un asidero legal para intervenir en contextos en los que el consumo de tabaco genere situaciones de riesgo. No obstante, hay dudas de la eficacia real de este tipo de prohibiciones. En definitiva, las "reuniones sociales de riesgo" (es decir, personas cerca sin mascarilla al aire libre) ya estarían prohibidas y parece poco probable que fumar al aire libre tenga un impacto real en el número de casos. No obstante, la Xunta nos va a permitir verlo en vivo y en directo. - La noticia Galicia prohibirá fumar "si no se puede garantizar la distancia de seguridad" para luchar el COVID-19: esto es lo que sabemos fue publicada originalmente en Xataka por Javier Jiménez .

La utilidad real de la Fase III de la vacuna contra el coronavirus y cómo se detectan los efectos secundarios

En estos últimos meses, a medida que las noticias sobre la vacuna del coronavirus iban llegando con cuentagotas, conceptos como 'Fase I, II y III', 'farmacovigilancia' o 'ensayo clínico aleatorizado' se han ido colado en la conversación pública. Mientras escribo estas líneas, de hecho, no solo se discute si Rusia tiene realmente la "primera vacuna contra el coronavirus", sino que numerosas vacunas están iniciando la Fase III de sus respectivos ensayos clínicos. Es decir, están a las puertas de hacerse una realidad en las farmacias, hospitales y centros de salud de todo el mundo. Y sin embargo, como reflejo de esa importancia central que han adquirido los ensayos clínicos en las últimas décadas, las dudas y sensaciones encontradas en torno a la 'carrera por la vacuna' también empiezan a generalizarse. Es lógico. Aunque podemos encontrar pioneros que aplicaron el método científico a la búsqueda de medicamentos de forma brillante, en el mundo moderno los avances en torno a la seguridad de los fármacos suelen ser hijos bastardos de las tragedias médicas. ¿Cómo evitamos la próxima tragedia? De hecho, si queremos entender el nacimiento de las ahora famosas fases de los ensayos clínicos tenemos que viajar a la segunda mitad del siglo XX. A 1962, cuando la tragedia de la talidomina, un popular medicamento contra las náuseas del embarazo que resultó ser teratogénico (producía malformaciones congénitas en los fetos), condujo a la aprobación de una serie de regulaciones que cambiaron para siempre la forma en que se investigaba en biomedicina. En Xataka Quedan meses para encontrar una vacuna contra el coronavirus, hasta entonces hay que separar la ciencia de la propaganda A medida que los casos se acumulaban, se hizo patente que en Grünenthal, la empresa que la descubrió, nadie había considerado buena idea hacer estudios con embarazadas antes de comercializarla (ni siquiera con animales embarazados). A medida que las víctimas se acumulaban en los paritorios y las plataformas de afectados se movilizaban contra la compañía, la opinión pública empezó a pedir medidas para evitar la próxima tragedia. En Estados Unidos, se aprobó un paquete legislativo que introdujo la supervisión pública y el consentimiento informado en los estudios clínicos. Era 1962 y en los siguientes años, la declaración de Helsinki de la Asociación Médica Mundial del 64 y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de la ONU en el 66 asentaron la importancia de la seguridad farmacológica y la ética médica a nivel internacional. Estudios, fases y autorizaciones Con el paso de los años y el incremento de las exigencias éticas y técnicas, la investigación biomédica ha tenido que enfrentarse una y otra vez a la pregunta que encabeza esta sección: ¿cómo evitamos la próxima tragedia? A fuerza de ensayo y error, hoy tenemos un marco de trabajo que obliga a empresas e investigadores a responder a las preguntas necesarias con un nivel de certeza adecuado. Es ahí donde nacen y adquieren su significado las fases del ensayo clínico. Así es como se prueban los medicamentos y las vacunas. En Xataka La carrera de sus vidas para crear una vacuna del COVID-19 española: "Esto nos produce mucha congoja, pero no podemos hacer más" Antes de llegar a las pruebas con humanos todo medicamento o vacuna tiene que pasar una serie de estudios que solemos denominar 'preclínicos'. Ya sean in vitro (en el laboratorio) o in vivo (con modelos animales), estos trabajos intentan extraer datos preliminares sobre eficacia, toxicidad y farmacocinética. Es decir, son los estudios preliminares que nos ayudan a decidir si una molécula concreta es lo suficientemente prometedora como para iniciar todo el proceso 'clínico'. Fases 0, I y II Pasar a las pruebas con humanos no es una decisión sencilla. Los ensayos clínicos suelen ser muy caros y la mayor parte de ellos no conducen a ningún sitio. Por eso, en los últimos años se ha popularizado la llamada "Fase 0". Se tratan de pequeños ensayos con humanos en los que, usando dosis del fármaco o la vacuna a niveles subclínicos, los investigadores tratan de obtener una perspectiva más realista sobre lo que hace el fármaco en el cuerpo de los que lo consumen. Sea como sea, con 'Fase 0' o sin ella, si los investigadores creen que el medicamento tiene posibilidades y los números lo avalan, arrancaría la 'Fase I'. La 'Fase I' son ensayos que buscan evaluar el perfil de seguridad del medicamento. En general, involucran a pequeños grupos de personas (entre 20 y 100 pacientes) y tratan de descartar efectos adversos derivados del consumo del fármaco. Para ello, los investigadores vigilan muy de cerca a los participantes: recogen minuciosamente su experiencia, estudian los posibles síntomas que reportan y les realizan análisis constantes (últimamente incluso genéticos) para encontrar complicaciones. Si supera esta fase y, en condiciones normales, hasta un 70% de los medicamentos la supera, se inicia la Fase II. La gran pregunta de los efectos secundarios: Sin lugar a dudas, la gran pregunta por responder durante el proceso de testeo de un fármaco o vacuna es la de los efectos secundarios. Al fin y al cabo, los efectos deseados, las dosis exactas o su eficacia comparada son cosas que esperamos. Los efectos secundarios, no. Nunca podemos estar seguros de que no se nos escapa algo. Sin ir más lejos, el año pasado estuvimos discutiendo sobre los posibles efectos secundarios de uno de los medicamentos más usados del mundo. En estas fases, sobre todo, se trata de descartar los efectos graves En la Fase II se sigue examinando el perfil de seguridad (es algo nuevo y hemos de vigilarlo de cerca). No obstante, su objetivo central es evaluar su eficacia (y se trata de descubrir cuál es la dosis que mejor funciona); en el caso de las vacunas, su capacidad para generar anticuerpos y cuantas dosis serán necesarias. Para ello se suelen dividir en dos subfases: la primera se centraría en demostrar la eficacia clínica del producto y la segunda en determinar la dosis idónea para encarar la Fase III. En condiciones normales, solo un tercio de los medicamentos que llegan a Fase II la superan. La Fase III En este punto, al fármaco o la vacuna le espera el momento más importante: la Fase III. Es donde se encuentran tanto la vacuna rusa como las distintas vacunas de Cansino, Oxford u Moderna. La Fase III es clave por varios motivos: el primero de ellos es que es el momento exacto en el que se prueba en un grupo grande de la población. Por lo general, miles de personas están siendo inoculados al azar con las vacunas aún experimentales ante la atenta mirada de los investigadores. En Xataka Bill Gates cree que acabaremos con la pandemia de COVID-19 para finales de 2021 en los países ricos y en todo el mundo en 2022 El segundo es que, además de evaluar de nuevo su eficacia y seguridad, la Fase III nos permite conocer el efecto real del fármaco en un contexto real. Todo lo que se ha hecho hasta este momento estaba orientado a garantizar que la Fase III es segura y que tiene posibilidades de resultar exitosa. Pero, a efectos prácticos, en esta fase es cuando la vacuna o el medicamento se la juega realmente. Esto es así porque los medicamentos o vacunas no deben mostrar solo su eficacia y seguridad, sino que deben enfrentarse cara a cara con el "estándar de oro", con la mejor opción terapéutica disponible en ese momento. Es difícil y se nota. Solo tres de cada diez fármacos consiguen superar esta fase porque el hecho es que no basta con que un medicamento (o una vacuna) sea eficaz frente a una enfermedad. Centenares de proyectos de investigación muy prometedores acaban siendo incapaces de generar efectos positivos en la práctica clínica. El ejemplo más cercano es el Ébola: decenas de vacunas y tratamientos han sido descartados pese a que parecían eficaces y seguros. Algunos de ellos, de hecho, han terminado usándose para el coronavirus. Se tratan, como podemos imaginar, de ensayos muy caros, muy complejos y muy largos. Con todo esto en mente, se entiende bien el escepticismo que despiertan muchas de las vacunas que se están elaborando contra el coronavirus. Es más, se comprende por qué muchos expertos insisten una y otra vez en que no podemos esperar a tener una vacuna. Fundamentalmente porque eso podría tardar mucho en llegar. La Fase IV Una vez que un producto farmacéutico supera la fase III y se pone en el mercado, arranca la Fase IV, la farmacovigilancia. Los fármacos son ese tipo de cosas que no se pueden dejar de monitorizar. De forma habitual, nuevos estudios señalan posibles problemas o riesgos en el uso de una u otra medicina. Eso hace que los protocolos médicos cambien a menudo para adaptarse a los resultados de esa farmacovigilancia. En esta Fase, de hecho, una vez que ya estaba en el mercado, cuando se descubrieron los efectos de la talidomina y se acumuló los datos suficientes como para prohibirla a nivel internacional. Pero ¿Qué ocurre si nos saltamos estos pasos? Cuando Putin anunció tener la primera vacuna contra el coronavirus, lo que estaba haciendo en realidad era saltarse la Fase III (o, ni siquiera eso, porque, como señalamos en la misma noticia, la vacuna no estaría disponible hasta 2021 cuando esta fase ya habría finalizado). Lo mismo que hizo Pekín con su vacuna militar hace unas semanas. Pero el problema va más allá. Si nos ponemos estrictos, sin llegar a los extremos de Rusia o China, la mayor parte de autoridades sanitarias del mundo se han mostrado favorables a flexibilizar este proceso de aprobación con la intención de acelerar la llegada de una vacuna eficaz y segura. En Xataka «CRISPR nos da una baza agresiva y directa para combatir el coronavirus», Lluís Montoliu, presidente del Comité de Ética del CSIC Aquí surgen las dudas. ¿Tiene sentido saltarse, en mayor o menor medida, un proceso que está pensando para garantizar la seguridad de la vacuna? La pregunta es compleja, pero su respuesta es sencilla: esto es algo que ya se hace. En realidad, el esquema que hemos explicado arriba es un marco de trabajo con el que los reguladores tratan de garantizar buenos medicamentos. No obstante, los requisitos finales varían radicalmente dependiendo de la enfermedad de la que hablemos y de las características concretas del fármaco o vacuna. Si lo miramos con perspectiva, todo el proceso es una enorme balanza donde se colocan riesgos y beneficios: si hay más de los últimos que de los primeros, la aprobación se convierte en algo bastante probable. Cuando hablamos de COVID-19, una enfermedad nueva y altamente transmisible que está colapsando el mundo de una forma casi sin precedentes, entra dentro de lo razonable que se busquen soluciones rápidas que eviten la muerte de todas las personas que esté en nuestra mano. Así que la pregunta relevante no es si se deben o no acelerar los procesos, sino qué información necesitamos, qué niveles de seguridad hay que exigir y cuándo merecerá la pena usar qué vacunas. Esa es la pregunta que se están haciendo las autoridades sanitarias de todo el mundo, pero si algo está claro es que para encontrar esas respuestas hace falta la Fase III de una forma u otra. Esperemos que no se equivoquen. Imagen | Dimitri Houtteman - La noticia La utilidad real de la Fase III de la vacuna contra el coronavirus y cómo se detectan los efectos secundarios fue publicada originalmente en Xataka por Javier Jiménez .