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Baltasar Comotto, el guitarrista atómico elegido por Spinetta, el Indio Solari y Calamaro

Algunos años después se iba a convertir en el guitarrista más codiciado del rock argentino: elegido por Luis Alberto Spinetta, alabado por el Indio Solari y reclutado por Andrés Calamaro para su última gira europea. Pero a finales de la década del 80, Baltasar Comotto era un adolescente introvertido que pasaba las tardes mirando recitales de Jimi Hendrix en VHS. El show en la isla de Wight, de 1970, y la versión incendiaria de "Purple Haze". La presentación en el festival lisérgico Monterey Pop de California, en 1967, con un Hendrix exultante prendiendo fuego la Fender Stratocaster en el solo final de "Wild Thing".

Todas las tardes eran iguales, con Comotto rebobinando y reproduciendo una y mil veces ese material en la videocasetera hasta aprender cómo tocaba ese negro de ascendencia aborigen y afroamericana que lo hipnotizaba. Porque además, Hendrix era zurdo y tenía un estilo muy particular para mover los dedos sobre el diapasón de la guitarra, como si hiciera fricción sobre las cuerdas. Entonces, copiar la técnica y sacar los riffs y solos del álbum The Cry of Love o de Band of Gypsys mirándolo por televisión se le hacía más difícil. "Yo quería tocar así", dice Baltasar con una sonrisa que esconde un dejo de vergüenza. "Hendrix tenía toda una cosa rítmica, armónica y melódica muy particular que me llamaba mucho la atención. A mí me copaba todo su lado no tradicional, 'Machine Gun' y todas las canciones de esa época."

Es un sábado lluvioso de julio por la tarde y, mientras Croacia y Rusia definen su futuro mundialista en los penales, las calles de Chacarita lucen desoladas. Sentado junto a una pequeña mesa ubicada en el centro de lo que sería el living de su casa, una propiedad de comienzos del siglo pasado totalmente reciclada que se ve ordenada y silenciosa, Baltasar Comotto revisa los mensajes en su teléfono celular. Una luz diáfana penetra por el ventanal que da a un pequeño patio e ilumina apenas dos estantes de madera empotrados que funcionan como biblioteca. Apoyados sobre ellos están los libros que por estos días está leyendo (After Dark, de Haruki Murakami; Cartas a Theo, de Vincent Van Gogh y Cash, la autobiografía de Johnny Cash). Hay, además, cientos de CDs perfectamente apilados, un vinilo de Miles Davis que sobresale, adornos, suvenires de viajes y la estatuilla del flamante premio Gardel que acaba de ganar como Mejor Álbum de Rock Pesado/Punk por Elite, su tercer disco solista, editado en agosto de 2017. "¿Querés un mate?", dice con la tranquilidad de quien acaba de levantarse y comienza el día a ritmo lento, mientras carga yerba en una taza de café estampada con una serie de retratos de Mao Tse-Tung.

Fuera de los escenarios, Baltasar irradia armonía y su tono de voz suave contrasta con la energía desorbitante que contagia cuando se cuelga su Gibson SG Standard Cherry 1977. A los 44 años, después de más de dos décadas formando parte de diferentes proyectos musicales (llegó a tocar en cuatro grupos al mismo tiempo), por primera vez en muchos años está abocado por completo a las canciones de su carrera solista, que lo tiene recorriendo los escenarios de distintas provincias argentinas. Y eso, para él, es algo reconfortante.

Hace unos días estuvo en Salta y Jujuy, invitado a tocar en dos fechas homenaje a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota junto a su amigo de la adolescencia y compañero en Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, Gaspar Benegas, y el ex Redondos Walter Sidotti en batería. La experiencia también fue productiva y reveladora porque aprovechó el largo viaje para preguntarle a Walter algunas cuestiones de las grabaciones de los Redondos que siempre le habían llamado la atención. Las giras y shows multitudinarios de Comotto con el Indio y Calamaro y las presentaciones en plan solista por boliches pequeños del conurbano se han vuelto una constante a lo largo de su carrera. En mayo, presentó Elite en la Patagonia con una serie de conciertos programados en bares y pubs de Esquel, Puerto Madryn y Comodoro Rivadavia con una buena recepción del público.

"Con el Indio y Los Fundamentalistas hemos tocado en estadios grandísimos, pero si tengo que tocar en un bar para dos personas seguramente voy a flashear igual", explica él. "Puedo disfrutar las dos instancias porque hay cosas íntimas que están buenísimas y no se logran con mucho público."

Detrás de Comotto hay una lámpara de pie vintage, un sillón cubierto por una manta blanca, un escritorio con una MacBook Pro en la que estos últimos días estuvo grabando demos para el próximo disco, la Gretsch Chet Atkins Tennessean 1967 que lleva a todos lados apoyada sobre un pie de guitarra, un amplificador de mesa Boogie Mark II que conserva casi desde que aprendió a tocar, un contrabajo que descansa apoyado sobre la ventana, un piano de pared y, en una esquina junto al sillón, una pequeña mesa con un teléfono gris que ahora ha empezado a sonar. "Ahí al lado de ese teléfono tenía el contestador en el que escuché el mensaje de Spinetta, que me invitaba a tocar en su banda."

¿Se conocían de antes?

No, lo había cruzado una vez que vino a ver las zapadas en un bar al que yo iba, llamado Tobago, y alguien nos presentó. Recuerdo que lo encontré en el baño y me dijo: "Che, muy buena la tocada". Pero bueno, cuando me llamó un tiempo después fue algo inesperado. Jamás me había imaginado que iba a encontrar en el contestador un mensaje con la voz de Luis. Lo llamé enseguida y me invitó a tocar en la presentación de este disco en el Gran Rex.

Se pone de pie. Va hasta la repisa y vuelve con el vinilo de Para los árboles, de 2003, en la mano.

"Ahí conocí a Luis y empezamos una relación musical", dice. "Fue una banda que armó por seis meses como mucho. Después de un tiempo largo volvió a llamarme y nos reencontramos, pero en el medio se dio lo del Indio y Los Fundamentalistas, la grabación de El tesoro de los inocentes y Porco Rex."

Así, con la tranquilidad de un tipo al que la vida ya le ha dado todas las sorpresas que le tenía destinadas, Comotto habla del camino que lo ha llevado a consagrarse como uno de los mejores nuevos guitarristas del rock argentino, de los días en que dividía las horas para grabar por la tarde con el Indio en Luzbola y por la noche tocar con Spinetta en el teatro Coliseo de La Plata, y de cómo Calamaro lo convocó para sumarlo a su banda en la gira europea de Bohemio.

Lo suyo no es la actitud del guitar hero virtuoso, sino probar, mutar, adaptarse. La desprolijidad, el pragmatis- mo, el sonido imperfecto.COMPARTILO

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Hablar con Baltasar Comotto fuera del escenario, mientras toma un vaso de jugo de naranja exprimido en el living de su casa, es un poco como charlar con Clark Kent antes de convertirse en superhéroe. El comienzo de su día transita en un clima zen en el cual el tiempo corre en slow motion. Nació en la Ciudad de Buenos Aires, en 1974, hijo menor de tres hermanos del matrimonio entre una arquitecta y un abogado laboralista militante del Partido Socialista que, en tiempos de dictadura, era perseguido por los militares y en 1977 tuvo que exiliarse con su familia en Madrid. A través de su hermano Agustín, Baltasar escuchó por primera vez a los Rolling Stones, Jethro Tull, música progresiva y la voz de Spinetta en una versión de "Alma de diamante" grabada en el estadio Obras. Pero a él lo que más le gustaba era el rock pesado: el sonido distorsionado y sucio de las violas, la dureza de Iron Maiden y el punk melódico de los Ramones.

De los años de exilio lo que más recuerda no son historias musicales, sino los viajes familiares que emprendieron durante los casi seis años que duró la experiencia en el viejo continente. "Nos íbamos un mes todos juntos en auto a conocer lugares", dice Baltasar y se pone de pie, va hasta el escritorio y vuelve con varias fotos en tono sepia. "Mirá, esta es en África, estoy con un dromedario."

En la foto se lo ve serio, debe tener unos 7 años y lleva una melena muy rubia con el flequillo hasta las cejas. "Esto es Sevilla. Mirá esta otra: es en Marruecos con un guía que nos llevaba por todos lados. Me acuerdo también perfectamente cuando subimos a la torre de Pisa, en Italia, con mis viejos, o de estar en una mezquita mirando a un tipo cómo amaestraba una serpiente encantada."

Volvieron a Buenos Aires en 1983, con el regreso de la democracia y el gobierno de Raúl Alfonsín, pero el padre tuvo que hacerlo un año después porque la amenaza militar estaba aún latente. "Mi viejo estaba en las listas de los militares y tuvo que esperar un tiempo", dice Baltasar. La adaptación al principio no fue del todo fácil: tuvo que aprenderse el himno argentino que cantaban todas las mañanas en el patio del colegio y empezar a deshacerse del acento español.

"Es un héroe de la guitarra dispuesto a incendiar escenarios", dice Calamaro, que lo sumó a su banda en su gira de 2013.
Foto: Edgardo Kevorkian

Los Comotto vivieron un tiempo como nómades, en la casa de los abuelos, y se instalaron después en la zona de Belgrano, donde Baltasar terminó la escuela primaria. A los 9 años le regalaron una guitarra criolla y empezó a tomar clases con un profesor particular. Pero prefería ratearse e ir a jugar al fútbol con amigos. Hasta que un día la madre se enteró y se terminaron para siempre las clases de guitarra. Tener un hermano mayor significó también descubrir a los 13 las bondades de la música de Los Beatles, Charlie Parker y Jimi Hendrix. A los 14 ayudaba a su papá en el estudio haciendo trabajos de tipeo y se planteó durante una temporada la posibilidad de seguir la carrera de abogacía, pero a los 15 llegó la primera guitarra eléctrica, una Telecaster, y su perspectiva profesional cambió.

"Mi hermano desde chico supo que quería ser dibujante, pero mi caso fue diferente", explica Comotto. "Yo iba viendo qué cosas me atraían hasta que todo desencadenó en la música. Era como ir siguiendo lo que indicaba el sentido común: '¿Balta, te gusta la música? Bueno, tenés que ir para ese lado'."

En esos años ya se juntaba con amigos que tenían sus mismos gustos musicales: Soundgarden, Nirvana, Alice in Chains, Jane's Addiction, Primus, Living Colour, Fishbone. Y a los 16, junto a su hermano y el bajista y fotógrafo Theo Lafleur armó Mutrones, un trío experimental que combinaba funk, metal y grunge. "Empecé a conectarme con la guitarra, hacer canciones y tocarlas en vivo", cuenta Comotto. "Recuerdo que en una fecha en el bar El Imaginario enganché un acople increíble con la guitarra y fue como sentir la gloria. Cuando terminamos el show me cayó la ficha y pensé: 'Esto es lo que quiero'."

Los padres lo alentaron en el camino que había emprendido, pero al mismo tiempo le exigieron que terminara el secundario. Cumplió el mandato familiar: se recibió de bachiller en el Nicolás Avellaneda con 7 de promedio y se dedicó a estudiar música de forma autodidacta. Tenía facilidad para reconocer tonalidades y leer cifrado armónico, negras y corcheas. Pero como nunca aprendió a leer partituras no le quedaba otra que memorizarse las canciones. A mediados de los 90 comenzó a frecuentar Tobago, un bar de Chacarita en el que se armaban zapadas, y consiguió que lo invitaran a tocar. Allí pudo compartir escenario y conocer a músicos de la talla de Luis Salinas, René Rossano, Juanjo Hermida y Sergio Verdinelli, entre otros.

Después de un tiempo en Tobago le surgieron varias posibilidades de trabajo. "Fui con Gaspar a San Martín de los Andes y tocamos durante un mes en un casino como parte de la banda de su mamá." La madre de Benegas es la cantautora de folk-rock María José Cantilo, que por ese entonces volvía a los escenarios después de su paso por prisión. Cuando Comotto volvió del Sur armó una sociedad musical con el tecladista Patán Vidal que tuvo muy buena aceptación. Tocaban un repertorio que incluía clásicos del blues y algunas cosas de jazz, funk y soul.

En octubre del año 2000 volvió al Sur, esta vez contratado junto a Patán y Miguel Zavaleta para abrir durante cinco noches las jams del Festival de los Siete Lagos organizado en Bariloche y San Martín de los Andes. "Mi historia como músico fue parte de un largo desarrollo", explica Balta. "Todo se fue dando de a poco, impulsado por la inquietud y la facilidad para tocar un instrumento que tuve siempre."

Lo que vino después fueron tres discos de factura personal en los que forjó su estilo multifacético: Rojo (2008), con el que transita entre el funk, el jazz y el hip-hop; Blindado (2011), en el que logró reunir en distintas colaboraciones al Indio, Spinetta y Ricardo Mollo; y Elite (2017), que le sirvió como catarsis en una época en la que vivía "cosas emocionales muy fuertes". Durante el período de producción del último disco se accidentó Eduardo Herrera, productor del álbum y amigo, y Comotto se separó de su novia después de una larga relación. "Por eso Elite es un trabajo al que le tengo mucho cariño", explica él.

Ahora Comotto elige componer sin partir de la guitarra."Me copa esto más cibernético que estoy haciendo", dice.COMPARTILO

El desarrollo de su carrera solista fue intermitente, pausada por el llamado impostergable de los próceres del rock nacional que solicitaban sus talentos como violero. Aunque a Comotto le gusta siempre aclarar que no se considera un músico sesionista: "No soy de los que graban con todo el mundo y cualquier estilo. Yo busco seguir siempre una línea musical".

"Con Balta fue amor a primera vista", dice Calamaro a RS. Lo conoció durante los ensayos previos al show del Indio Solari en La Plata, en 2008, y cinco años después lo convocó para que aportara unas guitarras en Bohemio y se sumara a la gira presentación de ese disco en Europa. "Cuando sube a un escenario pisa fuerte, como un gigante, entonces el escenario se inclina como si su peso rompiera el equilibrio de la balanza, transmitiendo su instinto natural", describe Calamaro. "Hay muchos guitarristas muy buenos, pero Comotto está hecho de otra madera: es un verdadero héroe de la guitarra, dispuesto a incendiar escenarios como nunca antes había visto."

"Fue muy loco lo que pasó con Andrés", continúa Comotto en su casa. "Porque él tenía Bohemio casi cerrado y me llamó Cachorro López (productor del disco) para grabar en dos canciones sin darme antes ninguna referencia de los temas. Fui al estudio y me adapté ahí mismo a lo que pedía cada canción."

Lo suyo no es la rapidez digital para clavar mil notas por minuto ni la actitud impostada del guitar hero virtuoso, sino la precisión para tocar un acorde en el momento indicado, o mantener una base rítmica mixturando el groove de la música negra con el vigor del rock británico. Probar, mutar, adaptarse. La desprolijidad, el pragmatismo, el sonido imperfecto. Por ejemplo, si Comotto tuviera que elegir entre Joe Satriani, Steve Vai y Jack White, elegiría sin dudar al ex líder de los White Stripes. "Me gusta cómo White tomó el sonido viejo del blues y lo recicló."

Comotto está convencido de que grabar los temas "Vacío sideral" y "Despierta en la brisa" para el disco Para los árboles de Spinetta fue un aprendizaje clave. Llegó al estudio sin conocer las canciones y se tuvo que acoplar ahí mismo al juego que proponía la banda. Algo similar le pasó con El tesoro de los inocentes, el primer disco que grabó con el Indio. "Me llamó Edu Herrera, ingeniero de sonido, y fue: 'Bueno, dale, vamos a ver qué pasa'. Tenés que estar metido en ese mundo tratando de colaborar para esa música, que es bastante exigente y reveladora."

Tocó en simultáneo en las bandas de Spinetta y el Indio, algo que al 99 por ciento de los guitarristas argentinos le hubiera hecho perder la cabeza, y que Comotto logró sostener porque su trabajo en ambos grupos se complementaba, "y eso creo que se daba porque el Indio y Luis se respetaban mutuamente", dice.

Años más tarde, cuando le preguntaron al Indio sobre las cualidades de Comotto con las seis cuerdas, no dudó en definirlo como "un guitarrista pornográfico". El Indio escribió entonces: "Si yo fuera un extraterrestre y al acercarme a la Tierra captara los sonidos de la viola de Baltasar, creería que no puede haber vida en este planeta". Para Herrera, que en los 90 fue asistente de Skay Beilinson y sonidista de los Redondos: "Balta es un violero que toca con la energía vital del alma". A Spinetta, en cambio, le gustaba presentarlo en sus shows como "el guitarrista atómico".

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Comotto en la presentación de Blindado, su segundo disco, en 2011.
Foto: Oscar Kcho Livera

Comotto rompe con el estereotipo de guitarrista salvaje que Pappo inauguró en Argentina cuando promediaban los 70, y que unos años después continuaron Ricardo Mollo y Chizzo Nápoli. No tiene una gran colección de guitarras ni le gusta ir a los motoencuentros manejando una Harley Davidson. Tampoco lo enloquece el rugido valvular de los autos antiguos. Cuando no está de gira, prefiere juntarse a comer con amigos, mirar en Netflix Twin Peaks, leer una novela o ir al cine. Hace unos días fue a ver El legado del diablo, que lo hizo volver a creer en el cine de terror. "Te la recomiendo, ¡es buenísima!", dice. "Me encantaría hacer música para una película de terror como esa."

Un jueves de mayo a la tarde está sentado frente a la consola de la sala de ensayo donde pasa varias horas del día. Durante las últimas semanas, estuvo en su casa componiendo canciones que formarán parte de un nuevo disco y decidió venir hasta acá para probar sonidos con la guitarra a un volumen que en otro lugar podría causarle problemas. Dice que para armar los temas usó secuencias, arpegiadores, pads y la MacBook Pro con ProTools que ahora lo tiene fascinado. A pesar de que es de noche y esta parte del estudio está apenas iluminada con el foco de una dicroica, Comotto lleva puesto un par de lentes Ray-Ban de color azul tornasolado.

"Este es un tema que grabé y te voy a hacer escuchar, pero antes voy a mutear las guitarras", dice antes de poner play. Desde dos cajas enormes de madera Yamaha se escucha una secuencia futurista y su voz que, procesada por una capa de efectos, parece estar siendo reproducida dentro de una cápsula espacial. "Sabés, sabés, lo que me cansa", dice la única parte de la letra que se puede entender. Para la grabación utilizó un teclado que emulaba el sonido de un bajo y después arregló las bases haciendo crossover en los tracks. "Son experimentos que hago en mi casa", dice. "Trato de simplificar, meter pocas herramientas y que suene fuerte, que tenga profundidad. Y, en este caso, encima todavía no grabé violas."

Por estos días y de cara el futuro, el guitarrista más codiciado del rock argentino elige componer sus nuevas canciones sin partir del sonido de la guitarra. "En los discos anteriores compuse la mayoría de los temas con la guitarra, pero me gusta también buscar diferentes formas de composición. Me copa también esto más cibernético con máquinas que estoy haciendo. Con pocas herramientas puedo lograr algo que tenga power", dice con una sonrisa mientras se sirve y prueba un trago de cerveza. "Quizás algún día haga un disco solo con la guitarra como Frank Zappa, pero ahora tengo la necesidad de hacer temas, comunicar con palabras sin tratar de convencer a nadie más que a mí."

"Vení, vamos arriba y te muestro la sala", invita Comotto. Para llegar a "arriba", a la sala donde compone, ensaya y graba, hay que atravesar un patio y después subir una escalera angosta que desemboca en una puerta pesada de madera. Él sube con frecuencia a este lugar, porque dice que le permite "jugar" con la guitarra a un volumen casi similar al de los shows. A veces lo hace acompañado de los músicos que integran su banda en vivo, pero esta tarde la sala será toda suya.

"Este lugar es el laboratorio", dice mientras enciende el amplificador y experimenta unos acordes en la Gretsch. "Esta guitarra es de 1967 y me da un tono especial que utilizo en las canciones con sonidos más limpios. En cambio, la SG es del 77 y me da un sonido más crudo." Su set de pedalera está compuesto por varios módulos: wah-wah, delay, reverb strymon, fuzz Zvex, pedal Octavia y un Pog 2. Con esta última adquisición, el octavador, incorporó un efecto de sonido similar al de un teclado que, dice, el año pasado utilizó en la grabación de varios de los temas de El ruiseñor, el amor y la muerte, el nuevo disco de Solari. "Me gusta buscar diferentes sonidos. El wah-wah podés usarlo al principio o al final del set y vas a obtener otro resultado. A mí me gusta utilizarlo como hacían Hendrix y Jimmy Page, directo a la viola, así la señal ya entra saturada y logro un sonido más pornográfico. A pesar de que para muchos guitarristas ese seteo es erróneo, para mí muchas veces hacer lo contrario suele ser mejor. Escuchá cómo suena la guitarra sucia, saturada.."

Unos segundos después se cuelga su SG roja, ejecuta un solo infernal, improvisa un riff como Hendrix, deja flotando un acorde y, cuando todo el lugar finalmente queda en silencio, esboza una sonrisa y dice que, para él, hacer música es experimentar y divertirse. "Ahora quiero seguir sacando más discos, evolucionar en todo sentido y conocer otras ciudades. Mi historia está muy marcada en Argentina, pero estoy pensando hacer el año próximo una gira por Europa", termina. "Quiero tocar con músicos de otros lugares."

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